La Identidad del Estado

De la Identidad del Estado (ateísmo, secularidad, laicidad, aconfesionalidad, confesionalidad, teocracia) depende la moral, rasgo esencial para abordar el resto de cuestiones estatales y sopesar modelos en asuntos como la enseñanza, para afrontar la vida o bien para integrar el rebaño productor/consumidor; la salud, con capacidad inmunitaria y sanitaria o bien con asistencia religiosa y militar; o el trabajo, para disfrutar de tiempo ganado o bien para ganarse el pan con el sudor de la frente. En cualquiera de los casos, actualmente, reembolsando el jornal (tiempo y esfuerzo dedicados) a la publicidad y celebrando al tenedor que endosa la necesidad, el nuevo ora et labora que alaba al «generador» de riqueza. De cualquier manera, con diferentes posibilidades acerca de la capacitación, el mérito, la censura o los prejuicios. Los que gustan de escrúpulos religiosos, no se mortifican por el clericalismo. Para los paganos, es decir, para los que no son practicantes del cristianismo ni del resto de grandes religiones monoteístas, es insultante.

  Las religiones y filosofías se desarrollan antes en Oriente, es lógico que hayan evolucionado allí de diferente manera en lo espiritual. En China hay ateísmo de Estado y son la primera potencia mundial, no hay mojigatería ni miedo al infierno —literalmente «prisión terrenal»—. En Japón idolatran directamente lo material, consideran el potencial de los seres inertes. La moral sistemática con visión humanista de Confucio y Lao-Tse (previos a Buda), análogamente a la labor prometeica de Sócrates, se adelantó siglos a las enseñanzas de Jesús. Opuesta a la practicidad ritual con parentesco divino del apocalipticismo semita, tradicionalmente esperando al Ungido (al Mesías o Cristo). La Tierra Prometida a Abraham y sus herederos, Canaán en el Génesis, con los fenicios como originarios cananeos (despreciados por traficantes) y la escritura de Biblos como núcleo de los alfabetos semíticos y antepasado del hebreo (lengua muerta recuperada de la liturgia por el sionismo), ha sido ruta militar obligada a lo largo de los siglos, favoreciendo sucesivas diásporas y la condición clientelar del territorio respecto a egipcios, sirios, babilonios, helenos o romanos. Moisés lideró el éxodo desde Egipto a través de la península del Sinaí cuando todavía no existía diferenciación entre judaísmo, cristianismo e islamismo. Los cristianos, descendientes necesarios de Elhanan (ungido David o «gran comandante» por el líder militar Samuel). Los musulmanes, sucesores de Ismael (y no de Isaac), primogénito de Abraham, que reconocen a Moisés y a los sucesivos profetas (autores del Antiguo Testamento) que, no olvidemos, buscaban el derrocamiento de cada orden político establecido en la ubicación en la que querían implantar su reino teocrático, negando la coexistencia de credos. Con el laicismo se acabaría el problema, se ve que el problema es y ha sido siempre otro.

  El helenismo politeísta, de origen indoeuropeo y adorador de fuerzas de la naturaleza, desintegró la civilización minoica-micénica matriarcal, de influencia fenicia y culto a cualidades de los seres, con Damas, Diosa Madre y talasocracia comercial y no bélica. Alejandro hará lo propio con la cultura irania (medos, persas, babilonios…) y el henoteísmo en la figura de Mithra (manifestación solar) o Ahura-Mazda tras la reforma de Zoroastro. Tríada entre los indoarios. Mitra, Indra y Váruna son los dioses del sol, la guerra y la lluvia que distinguen clase sacerdotal, clase militar y clase trabajadora, más o menos idolatrados dependiendo del provecho que ofrecían y del factor tiempo. Trinidad emparentada con la trimurti hinduista de Brahmá, Visnú y Shiva: el dios que crea el universo, el dios que lo preserva, y el dios inmanente al ser creado y a la vez trascendente que lo destruye y reconstruye. O, si se prefiere, con los Odín, Thor y Freyr de las tribus escandinavas y germánicas, paganas ya en el tiempo de los godos. Éstos se asentarán en la península itálica (ostrogodos) y en la hispánica (visigodos), acogiendo el arrianismo patriarcal no trinitario (Dios Padre) más tarde anatemizado por el cristianismo romano que rescata al Mesías (concepto bélico) y al Espíritu engendrador. Recaredo publicará el Edicto de «Confirmación» del III Concilio de Toledo en 589 para terminar de adherirse al pueblo suevo en Gallaecia. Portugal logrará la independencia de León con el vasallaje a la Iglesia y la bula de Alejandro III Manifestis Probatum (1179). La Santísima Trinidad no es un misterio sino un ministerio, un desempeño, el de la jerarquización social. Se trata de abstraer (separar) la sustancia o funciones en conceptos como Dios, Estado o Persona, que también busca equilibrio entre Mente, Cuerpo y Alma, a su vez Racional, Irascible y Concupiscible.

  El monoteísmo llega a Egipto como Dios de dioses, fusión de Amón y Ra (dios Sol). Akenatón (esposo de Nefertiti y padre de Tutankatón con ella) sustituye a Amón por Atón, el monolatrismo por el monoteísmo. La casta sacerdotal ve reducidos sus privilegios y pasa lo que tiene que pasar. El [judeo]cristianismo se inspirará en el zoroastrismo o mazdeísmo (veneración al Creador preeminente). Por utilidad y a través de Constantino, Roma lo asumirá a principios del s. IV (pasa de perseguido a perseguidor), traduciendo la Biblia al griego, el idioma mayoritario en Occidente, ya con el Nuevo Testamento y los textos interesados (canónicos). Roma clausurará la academia platónica (Justiniano 529 d. C.). En su frontispicio se leía «aquí no entra nadie que no sepa Geometría». Se enseñaba además Aritmética, Astronomía, Gramática, Música, Retórica y Dialéctica. La Gimnasia queda relegada al espectáculo.

  El catolicismo se aparta de la ortodoxia con la Inmaculada Concepción, el pecado original o la Asunción de María. Es decir, es estrictamente una secta del cristianismo que quemó en la hoguera a brujas voladoras amén de libros junto al fascismo. Son las «culpas del pasado». Tiene su propio Código de Derecho Canónico que impide juzgar por el ordenamiento civil a los que salen rana con la pederastia. Además de prescribir la caída en la tentación, la penitencia se reduce al retiro del ejercicio clerical y/o docente. Arrepentimiento, algún que otro padrenuestro y sanseacabó. El Opus Dei es una secta dentro de otra, la Inquisición de nuestros días, que difunde que los hijos «subnormales» son fruto del pecado, con presencia en consejos de administración, de ministros y en el BCE que reparte los fondos, p. ej. a través de De Guindos (recordemos que Lagarde es jurista). Al exministro Fernández Díaz le habla Marcelo. A Mahoma le dictaba el Corán el arcángel Gabriel. Y la potencia mundial en Defensa que no cumple los acuerdos armamentísticos químico, biológico y nuclear, en permanente armagedón sionista, aspira al Estado Judío.

  El Estado teocrático supone que gobiernen, legislen y administren justicia en nombre de Dios sus parientes terrenales. Ya ocurre en Israel, p. ej. con la validez del matrimonio. Sin posibilidad de disentir, puesto que el ordenamiento es divino, supone la muerte de la fe. Fe que ni es exclusiva de la religión, ni es uniforme a lo largo del tiempo. Tampoco se puede evitar que fluctúe. El conocimiento del bien NO asegura una conducta en consecuencia, mucho menos por obligación o a disgusto. El clericalismo arruina la fe en el Estado. El que quiera [ser]vicios espirituales, que se los pague. Amén de las subvenciones que dedican los distintos niveles administrativos y de lo que se recauda con los favores particulares o pasando el cepillo, las Iglesias ingresan por dos casillas hacendísticas en la declaración de la renta. Si esto no es estar el Estado adscrito a las confesiones religiosas, que baje Dios y nos lo explique.

  El artículo 16.3 de la Constitución dice que «ninguna confesión tendrá carácter estatal». ¡Qué diantres importa el carácter de las confesiones! Importa el carácter del Estado. ¿Puede garantizar la libertad manteniendo las relaciones con el nacionalcatolicismo? Evidentemente, y como se ha demostrado, no. La «neutralidad religiosa» de la que se viene haciendo propaganda en nuestro Estado, probablemente en todos en los que su moral está en declive, es pasarse de rosca. Con el texto constitucional vigente es pretender el summnun del clericalismo. O como dice la paremia, éramos pocos y parió la abuela. Ya no se trata de unos terraplanistas, sino de todos ellos, de los que se resisten a razonar por comodidad y asumen las culpas del pasado de las Iglesias, que abjuran y acogen determinados principios por utilidad como ocurrió con el heliocentrismo. Helios es anterior a las religiones. Y a los genocidios por pensamiento político, sustituido por el no-pensamiento religioso.

  España es una laboratorio de pruebas y los españoles somos ratas de laboratorio. Cuanto antes lo asumamos, mejor para todos. En principio, esto no será aceptado, así que tengamos presentes las fases a experimentar: negación, ira, resignación y, finalmente, aceptación. ¿Qué prima y es premiado con la gestión pandémica? La Santísima Trinidad: el clericalismo, el militarismo y el estrés. ¿Qué es secundario? La atención primaria, la sanidad ambulatoria y el sistema inmune. ¿Por qué? Porque los buitres, sus fondos y tarifas, demasiado jugosas para caer, se niegan a abandonar el ordeño de jubilados y el derecho a la atención de dependientes en todas sus formas y edades. Niegan el apropiado entendimiento de la emergencia, la asistencia y la baja remunerada. La moral imperante distingue como siervo, venerable, beato o santo (canon o grado máximo) a los Papas capitalistas como Pío XII o Juan Pablo II y, por el contrario, como comunistas genéricos a los seculares (a los que viven en su siglo) como Albino Luciani o Jorge Bergoglio, a los que tratan de devolver la espiritualidad a sus orígenes, en vano hasta la fecha. La Identidad, con mayúscula, del Estado, es la que le da Forma. Simbólica o continente, con fe en el símbolo o en el contenido.