Del dicho al hecho

«No esperamos, no me interesa lo que Sollozzo vaya a proponer. Quiere acabar con papá, sólo eso.»

Michael Corleone (Al Pacino) en el drama El Padrino de Francis Ford Coppola (1972).

El tiempo es oro

  El tiempo es oro. Los ricos, los patricii de suso, lo tienen por demás dedicando sobras a la beneficencia, mientras los pobres, los proletarii de ayuso, lo colman con necesidades fundamentales y malediciencia. Pero también, como recuerda la chacra del expresidente uruguayo Pepe Mujica, «no es más rico quien más tiene, sino quien menos precisa». Valorando nuestra madurez en torno a la conveniencia de dedicar o no tiempo de vida para poder adquirir determinados productos o servicios, de viajar o no liviano de equipaje —el que quiera un carro nuevo cada poco, que se ponga al servicio de la economía, «que se joda y que trabaje»—, sopesando que sea o no la perversión publicitaria la que decida el modus vivendi del individuo a lo largo de su existencia, es posible apreciar que la riqueza de nuestro mundo reside en el tiempo (en la mitología griega el Krónos administrador del paraíso junto a la fértil Rea), de que «son tus huellas el camino y nada más», caminante. Es por ello que resulta más valioso, y también más rentable como demuestran convenios empresariales implementados recientemente que inciden en la felicidad del trabajador, ampliar el descanso semanal que incrementar algunos céntimos la hora trabajada como ha ocurrido con el SMI de 2020.

  El argumento contra esta circunstancia es el envejecimiento poblacional, aunque la realidad sea que, pese a la eventualidad del baby boom, el número de habitantes y la relación contribuyentes/no contribuyentes (mejor contribuir que tributar, que es la entrega y el reconocimiento del vasallo al magnánimo Señor) tenderán a estabilizarse en unos años, por lo que estamos ante una coyuntura sin necesidad de que cunda entre las generaciones consumidas el espanto por la capacidad productiva de la progenie de refresco del sector activo, en estos momentos con potencial para nutrir al peor de los picos poblacionales previsto. Siempre que no empeore la alimentación, que es la mejor medicina y farmacia, y verdaderamente aumente la cifra de la esperanza de vida (históricamente se han despreciado en los cálculos diversos agentes como la intervención de sujetos sin escrúpulos), se podrían plantear métodos progresivos para postergar el abandono de la ocupación profesional. Se habla de factores de sostenibilidad cuando se debería decir factores de compatibilidad con los intereses de quien corta el bacalao.

  No estaría de más ver alguna señal de progresismo entre los que se justifican en la realpolitik para claudicar ante la vieja astucia, como sería prescindir de la estrategia de la pedofrastia (asumida por los dos frentes propagandísticos del turnismo político) o apechar con la responsabilidad de la ansiedad, la depresión y resto de estados mentales (que inducen a la compulsión consumista) derivados de desengaños doctrinales y del apego al utilitarismo nacional que niega la visión internacionalista posibilitadora de la sintonía con el exterior para compartir conocimientos y experiencias. Se debe tirar con fuerza de nuestros jóvenes en dirección contraria a la que caminan personas de mayor edad que, presas de sus dichos y hechos (por sus obras e instituciones las conoceréis), se reafirman ahora el psique de la transición. Aquel lapso favorecido desde fuera y del que tuvo consciencia una minoría de la actual sociedad (también debido al plan de adormecimiento de la juventud para inhibir su rebeldía). Un estadio de aclimatación a los nuevos tiempos, de popularización capitalista frente al ‘totalitario comunismo’. Una moda requerida por la OTAN, nada más, nuestro Franco murió en la cama. Cuarenta y pico años después constatamos la impericia del modelo productivo para mejorar el rendimiento en términos de relaciones sindicales y de jornal (considerando la variable tiempo), que tocara cielo con las siete horas trabajadas de promedio diario en el país de los soviets (en el momento de la proclamación de la II República Española), a los que el diccionario español relaciona con desobediencia.

Virgencita que me quede como estoy

  Quién no ha escuchado esta clásica expresión nacional, con frecuencia ligada a la incontestable sentencia «lo que hace falta es que haya trabajo» (al mismo tiempo que interminables jornadas laborales y desempleo estructural). Las preocupaciones «actuales», permanente tarea de la clase dirigente que jamás finaliza, ensombrecen los problemas reales de las personas. El enunciado de esta máxima es consecuencia directa de la estrategia patronal del miedo (para violar derechos, el miedo anula la reacción), de amenazar con situaciones terribles para que finalmente sea aceptado el mal menor del abuso. Inspirada en el dogma de la autoculpabilidad católica del pecado original (los mitos religiosos se fundan en cuestiones prácticas), viene a recordar a la persona que sólo ella es culpable de su desgracia, por insuficiencia de capacidad o de esfuerzo —o por provocar violencia inversa—. Sin embargo, es sabido que el trabajo es un derecho, del mismo modo que lo es la huelga o legítima decisión de no rendir para explotadores, de detener la producción de forma indefinida mientras las condiciones sean de inseguridad y el ritmo de trote cochinero como para recuperar terreno a la caballería ligera del poder propietario (a todos los niveles, destaca también el retraso democrático acarreado desde el ensayo mundial en que se convirtió la lucha fratricida española). Observando la extendida aceptación de la desigualdad como base de la productividad, de cristalina apreciación en el proceso del campo a la mesa con la reiteración de mediaciones, transportes y mermas (productor – central – plataforma distribuidora – tienda – reparto a domicilio), procede cuestionar el sistema.

  ¿Para qué madruga la España que madruga como la banca? Sabiendo que el total de la verdadera riqueza no varía, ¿qué ocurriría si los comisionistas se quedaran en la cama? ¿Cuánto tardarán si no en formalizarse los salarios de resultas macrofinancieras en todos los sectores (presentes con la incertidumbre de no cobrar horas extraordinarias, no digamos ya de plusvalías)? ¿De qué sirven una educación y una sanidad elitistas (mejor enseñanza y salud) sin compartirlas con el resto? ¿Ha perdido de vista definitivamente el nuevo liberalismo —o neofeudalismo— la concepción igualitaria nacida del enfrentamiento al tradicionalismo y al absolutismo de L’État, c’est moi (manteniendo como Fraga Iribarne, el jefe de los grises junto a Martín Villa durante la transición, únicamente el interés económico)? ¿Acaso no se advierte que los que plantean la globalización (de forma exclusiva para capitales) son los mismos que han pretendido y pretenden la transferencia de poder desde la Edad Media a esta parte, manteniendo el statuo quo que perdura en nuestros días de nobleza, clero y ejército (nutrido de infantería campesina y/o proletaria)? ¿O es que no queremos reemplazar la vigente desigualdad, militarismo, clericalismo, deudocracia, capitalismo, libertinaje de prensa, competitividad, injusticia, súbditos, manijeros y mamporreros por igualdad, fraternidad, laicidad, democracia, soberanía alimentaria, periodismo, solidaridad, verdad, justicia, reparación, ciudadanía y política?

Manda uebos

  Después de improvistos como incendios, nevadas o desastres tipo Prestige (para investigar este asunto la derecha extrema comisionó de nuevo a un hombre de Estado como Martín Villa), habiendo sido cercenadas paulatina e inconscientemente partidas dinerarias con destino social que fastidian los indicadores macroeconómicos como el PIB, la sociedad civil no espera a los retenes de extinción, a las quitanieves o al ejército, aunque confíe en su asistencia (al principio, en la subvención pública después), y voluntariamente arrima el hombro con los recursos a su alcance. La estimación de los daños en estos supuestos conduce a plantearse si deben quedar los presupuestos de las corporaciones locales supeditados al albedrío de unas condiciones peregrinas, y, al mismo tiempo, a la benevolencia partidista de administraciones de ámbito superior, por norma con más fondos para competencias redundantes en lo que se podría denominar «cadena de confianza», asumiendo la alusión de Federico Trillo a las 4/5 partes que se perdieron por el camino y que estaban destinadas a la contratación de los malogrados Yakolev-42 —mandó uebos del funeral de Estado al que acudieron la autoridad suprema de las Fuerzas Armadas y sus subordinados con embustes para las familias de las víctimas al respecto de los restos mortales.

  Quizás con este planteamiento se llegue a la conclusión de empoderar a la instancia última, el término municipal (nótese que no se corresponde con la circunscripción provincial dispuesta para elección general de los poderes ni con el partido judicial continuador del conventus iuridici), su usuario si vamos un paso más allá, de forma común dentro de un mismo marco jurídico, en lo relevante o conveniente (baremo de aplicación dependiente de la educación recibida, el más atroz de los delitos es la prevaricación de déspotas ilustrados tan de moda en nuestro país), si no se pretende perseverar en discriminaciones territoriales heredadas de disputas ancestrales entre cortes reales, siendo la mayor dotación de influencia la percepción, de nuevo en lo relevante o conveniente, del correspondiente caudal impositivo. En un entorno de corrupción de Estado o de Unión de Estados, ya sea descaradamente ilegal o sibilinamente alegal, cuanto menos se aleje la hacienda tributaria, mayor cantidad de impuestos revertirán en su manantial, mayor privilegio, fuero, concierto económico o cupo hacendístico (garantía cuando se trata de prevenir desfalcos).

  Conviene asimismo tener en cuenta la sobrevaloración del turismo, ilusión de crecimiento que responde a la inversión en SOCIMIs y al ennoblecimiento o «gentrificación» de espacios urbanos, con innumerables costes (de mayor calado en las grandes ciudades por el fenómeno globalizador) como el disfrute visitante del centro, precarización laboral, dificultad de acceso a la vivienda, pérdida de tejido social, impacto ambiental y climático, importación energética mientras no se apueste plenamente por renovables locales… El órdago a la baza del turismo unido a una absurda fe en el crecimiento indefinido devendrán en innecesaria competencia entre ayuntamientos y en el batacazo para los de abajo. Llama la atención en este sentido, el despotrique generalizado y en especial del servicio de taxi contra el propio tejado —sin duda con responsabilidad de los medios de inoculación que tan burdamente atizan a nuestros tribunos—, reconociendo el parecer viajero (en ciudad ajena) la utilidad de formación histórico-cultural al respecto.

No te metas en política

  La cultura política y una definición de las competencias no improvisada, siguiendo una lógica basada en la practicidad, la generosidad y la puesta en común (p. ej. en cuanto a vertidos fluviales y emisiones atmosféricas, donde no hay fronteras), reduciendo la influencia negativa del factor humano en las gestiones políticas y normativas jurídicas (duplicidades administrativas las imprescindibles, como la interdependencia educativa o la vinculada al orden público, para bien a las órdenes de representantes de la mayoría absoluta de ciudadanos), es lo que da lugar a sociedades maduras participativas. Éstas se pueden permitir el modo de organización cantonal que supone un liberalismo territorial como el practicado por la nación financiera y democrática por excelencia (hablo de la Confederación Suiza, de tradición asamblearia), con unidades territoriales repúblicas per se, «ciudad-estado dividida en trece barrios» por decirlo a la manera de Rousseau (hoy son veintiséis, trece en las postrimerías del Sacro Imperio Romano Germánico, tras independizarse de facto del predecesor de Carlos V por el Tratado de Basilea de 1499), donde un PIB per cápita doble que el nuestro mantiene alejados imprevistos como guerras, hambrunas y epidemias (máxime tras la manifiesta intención de dar portazo a la UE ). Experiencia propia frustrada primero con las Comunidades de Castilla (que desde este año conmemoran el quinto centenario) y más tarde con el desacompasamiento de los territorios de la pretendida federación desde abajo durante el período constituyente de la I República Española, con el episodio del Cantón Murciano como referencia destacada (recogido por Galdós ) y la Qart Hadasht o Ciudad Nueva —desde la que los púnicos partieran otrora hacia la Città Eterna— como último vestigio de la precipitación republicana entonces.

  No debemos ahora, sin embargo, esperar a que la solución a los problemas enquistados de este país (articulación y espiritualidad del Estado reforzados por su forma política, estado judicial sostenido por militarismo y clericalismo) nos lleguen del Gobierno, otorgándole varias legislaturas al Deep State que premedita sentencias y dispone el a por ellos para los estorbos de la obediencia concentradora. Desde dentro y desde el centro, únicamente se puede transitar de la ley a la ley a través de la ley constituida, «la legitimidad surgida del 18 de julio de 1936». Es por ello que no esperamos. No esperamos por la dicha de la ciudadana Leonor Borbón Ortiz, que no se merece que condicionen, siendo todavía menor de edad, su derecho de sufragio pasivo a optar a la elección como Jefa del Estado y caudilla de unas Fuerzas Armadas de incierto feminismo. ¿Es que nadie le va a aconsejar que no se meta en política y que no cargue con divisas militares ni con el Gran Collar de la Justicia durante el solemne acto anual del politizado CGPJ ? No esperamos para constituirnos en pueblo soberano, no nos interesa lo que un Estado corrupto vaya a proponer, quieren acabar con cualquier alternativa a los hábitos gubernativos, impedir una democracia real, sólo eso.