La anfictionía europea


«En un extenso y fértil territorio, que cerraban por Norte y Sur elevados montes y por Este y Oeste los mares helénicos, existían varios pueblos o nacioncitas independientes. No siempre reinaba la paz entre ellas, y a las veces se entretenían en guerras crueles por un quítame allá esas pajas. Unos eran pastores, otros labraban la tierra; estos criaban los mejores caballos que en Grecia se conocieron, aquellos tejían el hilo y la lana, o se dedicaban al trajín comercial y a la navegación. Cada uno de tales pueblos, en el curso de la vida, fue comprendiendo que sería más fuerte ligando su particular interés con el interés del pueblo inmediato. Aquí tienes el pacto federal. Dado el ejemplo por dos pueblos, fueron entrando los demás en la misma concordia, y al poco tiempo todos hallaron el vínculo común de un provecho elemental, que sirvió de aglutinante para amalgamar diferentes Estados débiles en un gran Estado poderoso.

»Aquella gran federación ha tenido muy pocos imitadores, y cuando te lo digo yo que tanto y tanto he visto, bien puedes creerlo… ¿Piensas tú que puede establecer sólidamente este bello régimen un país que hasta hace cuatro días no ha conocido la libertad, una raza que aun siendo heterogénea ha vivido amamantada con la leche de la unidad, y aún se adormece en el regazo de la nodriza? Considera lo que pesan sobre tu país el Catolicismo y eso que llamáis el Papado, las viejas rutinas monárquicas, y los enormes intereses inseparables de estas abrumadoras máquinas sociales. Tú, que no puedes traspasar los límites fisiológicos de la existencia humana, no verás realizado el ideal federalista en toda su pureza; yo, que soy vieja eterna, espero ver algún día… algún día, triunfante y dichoso el Anfictionado Español»

La Primera República . Benito Pérez Galdós, 1911.


La concepción histórica vinculada al dogmatismo religioso viene a parar una y otra vez en el apogeo de la evolución, en la plenitud social, en la apoteosis del Verbo (la burbuja divina hecha carne). Se idealiza una fórmula definitiva dispuesta por el Dios de la especie humana, el cual —no lo digo yo— dispuso nuestras secuencias de proteínas y ácidos nucleicos hace miles de millones de años (o quizás apenas unos miles), cuando prendió la mecha del Universo. Una concepción limitada de entendederas, interesada por algunos credos, pues la evolución se sustenta en la mutación, en el cambio que permanentemente se reproduce, una norma de imposible incumplimiento. Esta misma fórmula definitiva, es la que se dice haber alcanzado con los estados-nación (o naciones-estado, el orden de los factores no altera el resultado), no reconociendo las divisiones administrativas previas a la Revolución Francesa, punto de inflexión (como otros muchos a lo largo de la historia) que sirvió para que algunas naciones se fueran librando de reyes y dioses y otras no tuvieran más remedio que ir haciendo cambios para que nada cambiara —con desigual prisa y medida—. Se dice que no es posible federar territorios que no hayan sido previa y plenamente soberanos (a partir del giro histórico más conveniente), aunque no sea cierto, ahí está el caso de la Ley Constitucional austríaca de 1920, vigente a día de hoy en su república federal (unitaria al fin y al cabo), respetando en gran medida las estructuras de un Estado centralizado. Como es natural, con un sinfín de modificaciones desde entonces.

  Incluso se acude a razonamientos puntuales de internacionalistas que se rechazan y combaten, como Carlos Marx o Rosa Luxemburgo (sic, españolizados), cuando precisamente se consienten los referendos de autodeterminación que sirven para dinamitar estructuras socialistas como la yugoslava (ahí está Montenegro) o, llegado el caso, la bielorrusa o la venezolana. Territorios sobre los que nos bombardean los mass media acerca de su inestabilidad, como en el norte de África (Libia o Túnez), en el Oriente Próximo (Siria, Palestina o Líbano) o en el Lejano (Sinkiang, Hong Kong o Macao). No así sobre Hungría, Ucrania, Colombia, Chile, Bolivia o Estados Unidos, donde la inseguridad no se favorece [ahora] desde el exterior y por ello no escuchamos decir ni pío al Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, J. Borrell. No hay más que ver nuestros embajadores para formarse idea de la globalización y del desarrollo sostenible (Rato al FMI, De Guindos al BCE, Solana a la OTAN…). Sirva asimismo de muestra la ilegitimidad y la criminalidad del propio gobierno español ante la posibilidad de desmantelar el chiringuito borbónico, idéntico proceder que con los mandatos de Milosevic, Lukashenko o Maduro. Mucho mejor para los inversores son Kostunica, Tijanovskaya, Guaidó o Casado. Sobre España, cabe reseñar el agotamiento de los nacionalismos derechistas español y catalán, de Rajoy y Mas, justo antes del «conflicto» territorial, aliviado por PSOE, PNV y CC con votaciones en las Cortes como la concerniente a la ratificación del CETA al tiempo que la de la interpretación del artículo 155.

  Se trata de lograr a toda costa la Unidad del capitalismo. Poco o nada importan los referendos de autodeterminación en Quebec o Escocia, ni la oligarquía de partidos paneuropea o el confederalismo meramente financiero que padecemos con la UE (y sus tratados internacionales como CETA, TiSA o TTIP), regida económicamente por los memorandos de su antidemocrático Eurogrupo, tremendamente limitado en cuanto a posibilidades estatutarias y legales desde la perspectiva de las naciones, de sus pueblos y de sus elecciones. ¿Urnas democráticas? Que le pregunten a quienes inventaron la democracia en sus ciudades-estado, precursores también del No es No (más tarde Nein heißt Nein) para el referéndum de 2015 sobre el Memorándum de Entendimiento. De escarmiento con el bloqueo dinerario a su legítimo dueño, el pueblo heleno, durante el período plebiscitario, para tratar de «disciplinar» a los griegos y al resto de asociados europeos. Lo llaman democracia y no lo es. O que se revisen los estados-ciudad como los pontificios del Vaticano, con la globalizada prolongación hasta las arcas de estados aconfesionales como el español. Es todo lo mismo, el círculo vicioso de la deuda contraída a largo plazo (mayor que la duración de las legislaturas), en nuestro caso por el nacionalcatolicismo, donde las nuevas deudas no sólo sirven para paliar las anteriores, sino para ir esquilmando la patria a precio de liquidación. Para cuando expire la Agenda 2030, serán mayores de edad los nacidos ya esclavos de la deuda . Aspectos básicos de la dignidad y los derechos humanos son empaquetados dentro de la obligación estatal. La troika únicamente «desbloquea» los fondos de ayuda (los «préstamos en condiciones muy favorables», puesto que está prohibido rescatar a lo público) cuando los eventuales dirigentes de las naciones suscriben para siempre jamás el sometimiento estructural. Los habitantes de la nación prestataria pasan de este modo a formar parte del aval, pasan a ser patrimonio nacional. De la droga se sale, al menos de vez en cuando para saber que se puede.

  Se debe penalizar a los productores de vicios económicos y no a sus consumidores, a la ausencia de beneficio para la población agravada por la nocturnidad y alevosía de los acreedores, con el silencio cómplice de capataces y medios. Cada inyección monetaria, para compensar el déficit de ingreso público tras su desmantelamiento, supone un destrozo en cuanto a empleo para controlar la inflación (acotada en el Tratado de Funcionamiento de la UE para todos los miembros al unísono). Los 140.000 millones para España que mantienen en estado locked antes de otorgarlos, además de ser insuficientes, difícilmente llegarán a los usuarios de los municipios. Estos fondos no tienen luz verde hasta haber recortado salarios (p. ej. aumentado la jornada laboral) en lugar de aumentarlos (p. ej. repartiendo el empleo), pensiones, ayudas sociales e inversión pública (p. ej. inspección laboral y hacendística). Las ayudas no son ingresadas directamente a las familias, sino que siguen un procedimiento piramidal, compatible con la estabilidad y el crecimiento sostenido de los tenedores de capital y en todo caso de los viejos socios de la UE, disciplinados desde 1945. No sólo es perfectamente posible levantar un muro y hacer que lo paguen los que se quedan fuera, sino también comprar países con el dinero de los paisanos, con los intereses originados por la deuda insalvable represtados al fiador. Empezando por infraestructuras como viales, canales, puertos o aeropuertos, y siguiendo por derechos sociales como sanidad (atención primaria y ambulatoria), formación (en todos sus ciclos) o dependencia (infantil, psicofísica y senil).

  A la sociedad se le demandan deberes sin proporcionarle siquiera seguridad, concepto peyorativo en la actualidad. La poca ayuda que llega a los estratos inferiores —el «escudo social» no tapa ni las vergüenzas—, se ocupa de garantizar el pago de facturas a las multinacionales de los sectores estratégicos del capital, los que se privatizaron para transferencia de la deuda privada al sector público. La deuda total es la misma que antes del pinchazo inmobiliario-financiero. Con riego impositivo hasta los ayuntamientos, sus obreros en nómina podrían ser dedicados, además de a las aceras, calzadas y jardines, al parque de viviendas. Trabajo garantizado e inmunizado contra burbujas. El tiempo juega a favor de las oligarquías. Para dejar de escuchar sus persistentes lamentaciones y encontrar nuestro permanente sentido vital debemos asumir la realidad y hacer la revolución, admirable cuando es industrial aunque reprobable cuando es social. La parte que le atañe a la nueva política institucional es contar la verdad, ¿qué tiene que perder? Los propagandistas del capital publicitan SU felicidad. La crisis es de valores, sustituidos por los intereses. En las condiciones actuales, la eurozona es insostenible. Su proyecto hace aguas a la fuerza, sus naves no reman ni pueden remar en la misma dirección bajo el yugo capitalista de la desigualdad y la rivalidad, simbolizado en nuestro país junto al haz de cinco flechas y los fasces de los collares judiciales. La unión es puramente económica, atravesando incluso la unidad familiar. En nuestro feudo la contienda es entre el jugador número doce y el diputado número cincuenta y tres de la contrarreforma. Nuestra carga histórica es mayor que la económica, que ya es decir. Quizás liberando de esta deuda al pueblo español, contraída por los fundadores de la CECA derrotados en la II Guerra Mundial, se podría mirar con buenos ojos a la anfictionía europea. Bruselas bien vale una apostasía.