Compartir camino



Es sabido que los dogmas religiosos se fundamentan en la resolución de conflictos, en cuestiones prácticas. Se glorifican doctrinas y se censuran herejías, se canonizan evangelios o arden en los infiernos por apócrifos. Se comulga con determinadas creencias mesiánicas, deformándolas si es necesario (como ha ocurrido con las sucesivas manipulaciones del mensaje del Christós), mientras se excomulga a sus apóstatas. En el catolicismo de forma flagrante en torno a la virginidad de María Santísima, la culpa por cuna, la confesión y la penitencia principalmente económica, siendo el cuestionamiento de la «eficacia de las indulgencias», razonado por Lutero, el origen del distanciamiento con el protestantismo. Resulta de interés valorar el aborrecimiento o la adoración totémica de animales en base a su interdependencia con el medio y a la competencia con el género humano, como estrategia ecosistémica o en relación a la utilidad pública dependiendo de los conocimientos científicos de la época (véanse las diez plagas bíblicas del Éxodo). Los hindúes idolatraron a la madre vaca por engendrar la vida con su tracción para el cultivo, su leche, su medicinal orina, o las múltiples posibilidades de su boñiga, mientras que judíos y musulmanes reprobaron al cerdo en sus libros sagrados en un contexto de pastoreo nómada por regiones áridas entre Egipto y Mesopotamia (un competidor por la humedad y los sustentos orgánicos). También es conocido que a mayor nivel intelectual, menor necesidad de servicios espirituales para conducir al rebaño y combatir comportamientos antisociales, por lo que las diversas religiones experimentan un declive generalizado de feligreses que les apremia a seguir mostrándose útiles, a confederarse en defensa de sus cometidos y prebendas.

  Con un analfabetismo generalizado (de mayor arraigo en el catolicismo y el islamismo frente al protestantismo o al judaísmo, diferenciado de las enseñanzas orientales, incluidas las palabras de vida y de muerte de los colonizadores siberianos de Norteamérica, y, en cualquiera de los casos, en un plano heteropatriarcal), para amansar la capacidad intelectual del individuo por practicidad religiosa (o aprovechamiento piramidal como denota el Gran Sello estadounidense del Nuevo Orden de los Siglos), basta con modelar su lóbulo temporal con un sencillo decálogo (o grabar en su disco duro el pertinente código si asemejamos al fulano con un dispositivo actual al servicio de órdenes o intereses concretos), mejor cuando todavía se encuentra inmaculado, aunque también sea frecuente modificar su conducta (sobreescribiendo o dando formato en caso informático) en circunstancias de contaminación, pérdida de autonomía y/o privación de libertad. Si esto no fuera suficiente para la domesticación, se puede interferir el procesamiento en el hipocampo (o memoria RAM de acceso aleatorio) y la regulación de hormonas y neurotransmisores en el hipotálamo (endorfina, dopamina, serotonina, oxitocina…) mediante inoculación de miedos y asedio con radiofrecuencias propagandísticas, por ejemplo al respecto de Venezuela, Catalunya, China y sus respectivos virus pandémicos. El código malicioso o malware aprovecha vulnerabilidades como la ingeniería social y puede ser diseñado con capacidad mutante para evitar ser detectado por el software especializado, que, si da con el patrón, se forra. Como alternativa última, queda proceder a la destrucción física o «borrado drástico» como el practicado en la denominada Operación Kitchen —con falso cura incluido entrando hasta la cocina de L. Bárcenas—, el recurso final en la transfronteriza monarquía católica de abultada amnesia histórica, que pasa también por el destino compartido de los Barberá, Blesa, Alcón… Pero en el reino de los mitos está feo hablar mal de los muertos.

  En la línea de no inquietar económicamente al señorío, aparece ligada al gobierno de capitulación una porfiada defensa de la política basada en intereses prácticos y, contradictoriamente, en el corto plazo (si se establece un vencimiento es más como libertad de acción que como compromiso, ¿cuándo cumplieron estados corruptos?). A sabiendas de que no se enseña a vivir, de que apenas queda hueco en la agenda de las personas —para dar por leído el BOE y poco más— y de que el consumo no está decidiendo la producción sino que que son los productores los que deciden el life style (en muchos casos a su vez distribuidores para acaparar otra parte del pastel), se plantea subir los impuestos a los agitados consumidores por los productos basura. La lógica aplastante de demandar (consumidor y planeta) el derecho y, una vez otorgado y no antes, poder penalizar el incumplimiento del deber en los malvivientes, es tachada de «purismo ideológico» en sentido despectivo. Algo similar ocurre cuando se requiere sensatez con bajas remuneradas para la atención de enfermos al cargo y se niega su rentabilidad por motivo de la simpática picaresca tan caricaturizada en nuestras artes y por conveniencia económico-farmacéutica de una hospitalidad privatizada. ¿Volverá la socialdemocracia a ser cómplice de una transferencia ilegítima de deuda? ¿Por incapacidad o por ser avanzadilla del liberalismo económico partidario del derecho a hacer negocio por encima de todo? ¿Será gestora de un estado de derecho menguante, de un leviatán creciente? ¿O alberga aspiraciones de evolución? ¿Desde la izquierda o buscando permanentemente el centro? ¿Durante cuánto tiempo?

  Parece ser que se pretende seguir la recomendación de la OMS de alzar los precios de los productos nocivos, medida demostrada ineficaz en cuanto a salubridad y, por supuesto, desvinculada del cáliz de Cristo o fiscalidad vinatera —por analogía posmodernista con el término «fiscalidad ambiental» y como abogado de los sentimientos religiosos relativos a Helios, Poseidón y su hijo Eolo—. La priorización de los intereses del poder económico por parte de los capataces del sistema gubernamental turnista hace que sea indiferente la procedencia pública o privada del etiquetaje saludable. Se mantiene la idea de que en cada nación sus contribuyentes subvencionen con ayuda pública al «campo» la diferencia de resultas de la deslocalización y la competencia salarial consecuencia de una globalizacion desnatada. Y ya se sabe que denunciar la inversión del sentido del servicio entre las personas y la herramienta financiera es estéril rigorismo de los antisociales de cada religión que contraría a la productiva realpolitik. El por descontado favorecimiento impositivo clientelar (esencia de la desigualdad escalonada), compensado por las sanciones repercutidas sí o sí en el total de la ciudadanía, no es impedimento para que aumente el monto hacendístico; es posible construir un muro y hacer que lo paguen los que se quedan fuera. De hecho, se reproduce en las metrópolis el crecimiento periférico del modelo feudal, sin condiciones rentables que reviertan la pauta de desocupación rural.

  Las milicias feministas ganaron la batalla social en las calles y redes (con menor impacto en el desactualizado entorno rústico), sólo hay que observar el comportamiento de los practicantes de la desmemoria pretendiendo arrogarse la conquista. Si Cs se sumó a la manifestación del 8 de marzo de 2018 de forma sorpresiva por la tarde, el PP será la novedad este año bajo el lema «Mujer por encima de todo». No obstante, para la guerra por la innovación institucional, no parece lógica ni conveniente la competencia partidista por el abanderamiento de libertades proponiendo el castigo positivo y una revisión punitiva al alza para el intercambio de roles de dominio y debilidad, la presunción de culpabilidad (o ataque preventino) y la profundización de parches ¿estructurales? para una especialización prolongada en el tiempo. En ese río revuelto saldrán ganando los pescadores neoliberales necesitados de dar apellido al feminismo (quizás en repúblicas laicas tenga sentido) y que etiquetan a las madres, desde antes que UPs, como «progenitores gestantes». En cierto modo, su cruzada lingüística ha logrado la expulsión del Partido Feminista de la federación IU. Como consecuencia de mayorías secuaces poco cualificadas, la integración no ha primado frente a la segregación. No es una contradicción aislada, están las mujeres machistas, los hombres hembristas, los homosexuales que aspiran a ser casados por homófobos, los proletarios de derechas, la democracia cristiana, el liberalismo absolutista, el socialismo ya no monárquico sino borbónico, la monarquía parlamentaria eximida de las comisiones del Congreso…

  Queda pendiente, pues, concretar el triunfo, alejándose de la demagogia y de la subordinación de cualquier condición personal, sopesando la idea de cruzar el Atlántico Norte dejándose arrastrar por la corriente queer que propugna la subjetividad para la identidad de género sin haber superado el patriarcado visigótico. Resulta complicado imaginar que unos pocos «especialistas» logren la transversalidad en materia de igualdad a través de una asignatura dogmática y turnista que produce rechazo. Parece más razonable, por merecimiento y efectividad, que siga siendo la sociedad civil la que continúe impregnando de igualdad todas las disciplinas de la vida. Como dijo Simone de Beauvoir: «No olvidéis nunca que bastará con una crisis económica, política o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Esos derechos nunca se dan por adquiridos. Debéis permanecer vigilantes durante toda vuestra vida». En las escuelas, enseñanza de vida; en el resto de ámbitos sociales, implicación ciudadana. Para potenciar el zoon politikón de Aristóteles, el Estado debe ir de la mano de la diosa Themis de la Justicia, con leyes abrigadas por la costumbre. De este modo se empaparán los hogares de educación igualitaria y el pueblo de capacidad cívica, no dando opción a distracciones latentes que favorezcan el estado corporativo. Las confluencias izquierdistas no debieran dejarse sulibeyar por los perjúmenes socialdemócratas, la norma no es matar por la esencia de la persona, sino por cuestiones prácticas y mundanas, con fuerte influencia del aspecto social. Tampoco necesariamente se odia a quien se mata, los contendientes no siempre son conscientes de las causas y consecuencias de su disputa.

  Vistos los ataques a la libertad de pensamiento y a la libertad sexual con el cheque escolar y el pin parental, pretendida retrogradación hasta las curias familiares de las tribus relativas a la antigua Roma, en clara confrontación a la «salvaguardia estatal» de la familia durante la II República (art. 43 de la Constitución de 1931) que posibilitó el divorcio y el derecho al trabajo de la mujer, la solución emerge por sí misma expresándose a través de la ganancia compartida: adiós a una educación turnista, bienvenido un proyecto de enseñanza consensuado, sacando de las escuelas los dogmas enmascarados de tolerancia (junto a la polarización productor/consumidor o vencedor/vencido). Consenso ampliado a todos los poderes, incluido el policial, y a todos sus estratos, preferiblemente capacitados para participar de la elección de los cargos de responsabilidad. De igual modo que para una libertad de credo efectiva el estado debe ser laico, para una libertad de opinión objetiva sus instituciones deben ser apolíticas. Ninguna generación debería comprometer el futuro de sus descendientes en este sentido. De manera análoga a la praxis clerical, conviene concretar una directiva para la autodeterminación personal que no impida compartir camino a las capillitas del republicanismo, la unitario-centralista, el provincialismo cantonalista, el autonomismo federalista o el nacionalismo independentista. Preponderancia del fondo ante la forma. Prevención y salud frente a curas y asistencia hospitalaria; enseñanza mejor que educación; alimentación y después gastronomía; producción en función del consumo; tiempo antes que oro; valores y no intereses; contribuir mejor que tributar; inversión social frente a beneficencia. En definitiva, la persona antes que la herramienta.