Trogones y mazmorras

Segunda carta-relación de Hernán Cortés al Emperador Carlos V.

Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelencia, de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas de esta gran ciudad de Temixtitan, del señorío y servicio de este Mutezuma, señor de ella, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden que en la gobernación, así de esta ciudad como de las otras que eran de este señor, hay, sería menester mucho tiempo y ser muchos relatores y muy expertos; no podré yo decir de cien partes una, de las que de ellas se podrían decir, mas como pudiere diré algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender.

 Pero puede vuestra majestad ser cierto que si alguna falta en mi relación hubiere, que será antes por corto que por largo, así en esto como en todo lo demás de que diere cuenta a vuestra alteza, porque me parecía justo a mi príncipe y señor, decir muy claramente la verdad sin interponer cosas que la disminuyan y acrecienten. […] Esta gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cualquiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. […] Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles y de plumas. Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, búharos, águilas, halcones, gavilanes y cernícalos; y de algunas de estas aves de rapiña, venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. […]


No sorprende que, entre la extensa relación de tesoros y aves de estos primeros contactos entre el imperio español y el nuevo mundo, por vía del que sería nombrado nueve años después de la segunda misiva I Marqués del Valle de Oaxaca, no se encuentre el quetzal. La conquista de México-Tenochtitlan en 1521 trajo acarreada la desprotección del sagrado linaje aviar, símbolo de vida para aztecas y mayas, y de su dios Quetzalcóatl o serpiente emplumada (en la cuarta carta-relación de Cortés hay constancia de la demanda de provisión de “personas religiosas de buena vida y ejemplo”). Su hábitat y su conservación se vieron amenazados desde que se obviaran las restricciones en cuanto a su captura.

 Dos son las acepciones que recoge el diccionario de la lengua española sobre el término quetzal, la que hace referencia a la moneda guatemalteca (el volátil es emblema nacional), y con la que se designa al ave de la familia de los trogones que, según leyenda doméstica, dejó de cantar tras la conquista española quedando su pecho teñido de rojo con la sangre del último guerrero, y que presenta un moño (o grupo de plumas) mucho más desarrollado en el macho que en la hembra. Este dimorfismo sexual, ignoro si también cerebral como en el caso de la especie humana, de los pájaros horadadores del orden de los trogoniformes (raíz del vocablo compartida con los trogloditas, género de aves dentirrostras, que mordisquean, muy voraces, veánse fósiles de Archaeopteryx), me recuerda, probablemente debido a tanta publicidad asimilada de la privatizada Argentaria en tiempos de Aznar (de Francisco González —el brujito de Gulubú silenciador—, recién dimitido presidente del BBVA tras conocerse la investigación gratuita a políticos ideológicamente distantes), los bigotes del ex atleta del Real Madrid C. F., Miguel de la Quadra-Salcedo.

 Tanto a este Hernán Cortés de los tiempos modernos, evangelizador —desconozco si a sabiendas— del capitalismo salvaje, como a sus princeps —sobre las intenciones de éstos no albergo dudas—, convendría recordarles la doctrina Monroe (o Adams) que otrora fuera apelada por diferentes presidentes estadounidenses, y que denunciaba la intervención europea de la santa alianza como un acto de agresión hacia el continente americano. O el Congreso de Verona, con la misma sacrosanta liga implicada, donde se dispuso que cien mil hijos de San Luis —y me viene a la mente Manuel Valls— pusieran fin al trienio liberal. O la entrega de la Llave de Oro al general golpista Otto Pérez Molina, a la sazón íntimo de Aznar como tantos otros inseparables morales del ex presidente, encarcelado por corrupción tras verificarse los sobornos aduaneros y el cobro de comisiones del 50%.