
«Y Dios le dijo: Tu nombre es Jacob; no te llamarás más Jacob, sino que tu nombre será Israel. Y le puso el nombre de Israel.» | Gn 35 10
Es durante el éxodo tribal desde Egipto hacia Oriente Próximo de los descendientes de Jacob o israelitas (12 tribus a partir de los 12 hijos de Jacob) cuando Jeová, en forma de zarza ardiente incombustible, entrega exclusivamente a Moisés (en el Monte Horeb de la península del Sinaí) las tablas de piedra con la Ley de Yahvé o YHWH. Nombre revelado por la deidad-zarza al libertador de Israel. Al hijo de Amram, nieto de Coat, bisnieto de Leví y tataranieto de Jacob, que es, a su vez, es el segundogénito del segundogénito del Gran Patriarca Abraham. Los musulmanes descienden del primogénito de Abraham, Ismael y no Isaac, al que consideran protagonista del episodio del sacrificio del Hijo como prueba de fe. El Primogénito para los ismaelitas y el Amado para los israelitas, quizás porque en las monarquías egipcia y judía heredaban la propiedad las ultimogénitas, lo que alargaba la esperanza de vida de los monarcas. Tradición plasmada asimismo en la monarquía romana, para alternar a reyes sabinos con latinos (incesto penado, salvo para Herodes y Borbones en la práctica). Tronco de los judeocristianos, Jacob, que compra a su mellizo Esaú la primogenitura por un plato de lentejas, y que también compra sus esposas a un tío suyo, aunque esa es otra historia de la que doy algún apunte más adelante.
«Y Jehová le dijo [a Moisés en el Monte Horeb]: Ve, desciende, y subirás tú, y Aarón contigo (hermano de Moisés); mas los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir a Jehová, no sea que haga en ellos estrago. Entonces Moisés descendió y se lo dijo al pueblo.» (Ex 19 24). Los aaronitas (descendientes del testigo del zarzal en llamas) son el único linaje sacerdotal legítimo según la fuente sacerdotal del Pentateuco o tradición reescrita hasta el sometimiento del país por el persa Ciro el Grande, Ungido según Isaías, y rey justo y tolerante (Dhul-Qarnayn o ‘El de los dos cuernos’), creyente en un Dios único, según el Corán, es decir, según los susurros del arcángel Gabriel al Profeta de la tribu de los coraichitas, poderosos comerciantes que controlaban causalmente los rentables lugares de peregrinación durante la aparición del Credo islámico. Moisés había salido de Egipto hacia la península arábiga escapando de la justicia por asesinato —el migrante habría matado a un patriota egipcio desde la óptica de Sanjacobo Abascal— y no regresaría hasta 40 años después, tras formar una familia en Arabia como pastor de rumiantes aptos para la ingesta (los de pezuña partida que se adaptan al terreno de los abrahámicos de entonces).
El regreso a Egipto para volver a salir con sus huestes sería siendo el libertador ya octogenario, movido por mandato divino y orientado por su suegro el sacerdote monoteísta de Madián (Arabia), Jetró, considerado Profeta por los ismaelitas al igual que su yerno Moisés que medra tras entregarle el madianita a su hija Séfora en matrimonio. Las nuevas órdenes celestiales, pues el zarzal en llamas ordenaba continuamente a los patriarcas bien el nomadismo, bien el sedentarismo en los suelos áridos próximos al mar Muerto (en los que difícilmente sobreviviría la especie porcina al aire libre), consistían en pastorear a las generaciones exiliadas en el noreste africano (y que llegaron hasta el Yemen, también más tarde con la primera destrucción del Templo por el babilonio Nabucodonosor II) hacia Canaán, un territorio entre tres continentes de paso obligado para los ejércitos de los sucesivos imperios hegemónicos (egipcios, babilonios, persas, macedonios, seléucidas, romanos, musulmanes, otomanos…). ¿Cómo no establecerse en una región abocada a los derrocamientos y las guerras, los saqueos y las violaciones? —ergotizarán los colonos sionistas o partidarios del Estado teocrático judío que habilita a las monarquías sunitas.
Los semitas herederos de Abraham e Isaac se habían mudado de nuevo con Jacob (segundogénito de Isaac), y se habían instalado en torno al delta del Nilo en el Bajo Egipto con la dinastía hicsa (combinación de las creencias egipcias con elementos de la cultura cananea), debido a la enésima gran hambruna en la Tierra Prometida por su vengativo Dios a la que había llegado Abraham desde la media luna fértil (Ur, en la actual Irak). Tanto Abraham como su segundogénito Isaac habían tenido que emigrar por gusa; ambos ofrecieron a sus esposas a otros reyes de otros reinos para preservar su vida durante su diáspora. Después de huir a Mesopotamia con la herencia de Esaú y trabajar a las órdenes de su tío y patriarca en la zona, Labán, durante al menos dos períodos de siete años para equiparar la dote de sendas hijas con las que se desposa, y habiendo multiplicado sus propiedades, el padre de las tribus, Jacob, regresa a la Tierra Prometida. Para volver a abandonarla, ya anciano, por la concerniente hambruna que padecen cada uno de los tres grandes patriarcas que tratan de establecer en el pueblo israelita la fe monoteísta (restaurando la querencia de Akenatón en Egipto y siguiendo la tendencia de los madianitas en Arabia). Colonizando con esta dispersión el territorio egipcio administrado por su hijo José, ascendido de estatus por su matrimonio con la egiptana de alta cuna Asenet. Ni israelitas ni ismaelitas, hegemónicos a partir del pudiente polígamo Mahoma, empezaron sus revoluciones en un garaje, como se puede colegir leyendo el Antiguo Testamento.
«Después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: […] Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte a heredar esta tierra. […] A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates; la tierra de los ceneos, los cenezeos, los cadmoneos, los heteos, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos.» (Gn 15). Lo que no cuenta Moisés en el Génesis de su autobiografía compilada siglos después y estando agradecidos a los aqueménidas, es cómo les dará Jeová esa tierra, pues lo cuenta más adelante. Por ejemplo en Números 21 1-3: «Si nos ayudas a vencer a ese rey [cananeo] y a su pueblo, nosotros destruiremos por completo todas sus ciudades«. O en Deuteronomio 20 16-17: «Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida, sino que los destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado». Pese a las evidencias genocidas presentes en la Vieja Sumisión que es el Antiguo Testamento, y presentes también en la Nueva Normalidad que es la Agenda 2030 de la que es adalid Zion (los españoles creen menos en Dios que en el cambio climático por la no existencia de tapones ecológicos), todo está en orden para el Papa de Roma, el Arzobispo de Canterbury y la Cristiandad en general. Sigan observando el Antiguo Testamento y los mandamientos de Jeová. Circulen y dejen huir a misa y a la excluyente pero inclusiva sinagoga. También a las mezquitas, mejor sunitas y magrebís. Cristianismo no es la traducción al griego del Mesianismo hebreo. Y Mesianismo nada tiene que que ver con belicismo o yihadismo y guerras santas o cruzadas, como demuestra el David del momento Benjamin Netanyahu, actualmente fuera de cobertura.
«No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Ex 20 3) (Dt 7) es el primer mandamiento o dicho de Jeová, que profundizando en el libro del Éxodo se detalla mejor: «No te inclinarás ante ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso. Por tanto, no harás alianza con los habitantes de aquella tierra, no sea que cuando se prostituyan siguiendo a sus dioses y les ofrezcan sacrificios, te inviten y comas de sus sacrificios; o que tomen de sus hijas para tus hijos, y al prostituirse ellas tras sus dioses, hagan que tus hijos se prostituyan también yendo tras los dioses de ellas.» (Ex 34 14-16). Es exactamente la teocracia, ya sea en un Gran Israel o en un barrio de Córdoba o Manhattan. La muerte de la fe cuando anulas el derecho de creer y lo sustituyes por el deber de obedecer. Lo cual dista bastante de la paremia católica «Amarás a Dios sobre todas las cosas», máxime en un Estado que se diga aconfesional en lugar de laico, con la confesión católica cayendo en intención de voto —el que tenga oídos, que oiga—. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» reza el Nuevo Testamento a partir de Iesus Nazarenus. «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.» —esculpió Moisés en el Levítico— ¿Es lo mismo odiar al «ajeno» que amar al «prójimo»? ¿Quién es el «ajeno»? ¿Quién es el «prójimo»? ¿Son los mismos para los judíos que para los cristianos? ¿Por qué el empeño de Milei, Von der Leyen o Díaz Ayuso en que seamos judeocristianos, ellos que no mandan a Ucrania a su prole, como tampoco Trump a los montes Zagros en Irán a la suya? ¿Cuáles son los «bienes ajenos» a no robar e incluso a no codiciar? Feliz Día del Padre a todas las Costillas del Hombre con pecado original que no pueden romper el techo de cristal en la civilización de la paridad de género (el matriarcado de las Women in Black).